Los fantasmas de la calle Castelli

Venía por Belgrano y doblé a la derecha, justo en el nacimiento de la calle Castelli, allá por el 5200. Larga y eterna, me acomodé en la moto y observé todo el camino por delante.

Pasó corriendo Marcelo, ni me vió. Claro, iba derechito para lo de Adriana, en el intento número mil de levantársela. Allí nomás, detrás de las piedras Mar del Plata, está la casa de mi tío Alberto. Allí iba los domingos a mirar la tele en colores. Ellos me llevaban a todos lados, en épocas de vacas y almas flacas.
Al llegar a la esquina de Carlos Tejedor estaba Pepe. No podía ser, yo estaba leyendo El Gráfico dentro de su peluquería. Claro que tenía ocho o nueve años y aunque no me tocaba cortarme el pelo, Pepe me dejaba leer todas las revistas.
Justo enfrente, en diagonal, pude ver la canchita, antes que hagan los dúplex. Allí el técnico del CASVA me retaba otra vez porque me vió jugando un partido, sabiendo que el sábado teníamos un desafío importante y no podía lastimarme… tenía yo doce años y jugaba como un ángel.
Seguí por Castelli y empecé a oler el perfume que sólo tiene Castelli. En la esquina de Gervasio Méndez, inundada como siempre, el gordo de la estafeta me esperaba para comprarle estampillas de la nueva serie.
Luego, casi llegando a la esquina, me ví yendo al jardín Mafalda, tomando una flor de ceibo y haciendo un pajarito, un tesoro rubí para mi argentinidad básica. Al pasar por Antártida Argentina, estaba Gusti con su Honda flamante, me levantó el pulgar y me dijo, de moto a moto, que era todo verso que había chocado allí y que se había muerto, fue sólo la mejor pirueta de su vida, la que sigue haciendo.
Luego vinieron la casa linda a mano derecha, y la casa de la hija del perfumero, en la cual yo seguía pasando música desde su fiesta de quince y yo jugaba al DJ…
Ya en Saavedra, antes de cruzar, miré a ambos lados. A la derecha estaba la casa en la que viví un par de años maravillosos, amigándome con la vida. Y, qué ironía, a la izquierda estaba la iglesia…
Allí pensaba que se podía cambiar algo de lo malo. Partía de una premisa falsa.
Luego pasé por la puerta del Güemes, y obviamente estaban las chicas más lindas de Carapa revoloteando sus uniformes a cuadros, y yo ahora tenía moto para florearme pero no parecían percibirme.
En la esquina de Posadas nos ví a mi hermana y a mí, en shorcitos y toalla al hombro, con el carnet en la mano, doblando rapidito para ir a la pileta del Drysdale… por la puerta del club pasé rápido porque estaba yo en la puerta, luego de tocar en un festival, la noche en que le tuve que decir a mi amigo el Adry que su viejo se había matado…
Al pasar eché una mirada rápida a la calle Washington, allí también viví un tiempo. Estaba en la puerta la que era la propietaria de la casa que yo alquilaba al fondo, con su figura eternamente joven y sus enormes pechos. Me buscó, como siempre hizo, y huí, como siempre hice.
Saludé en Martín Rodriguez al zapatero Jorge, hincha de Colegiales, y llegando a Drysdale la ví a mi abuela entrando, invariablemente, en la fábrica de pastas de su paisano. Victor aún no tenía su local en el que años después yo arreglaría cosas para ganarme la vida.
Al final, llegando a la estación, esquivando los colectivos siempre mal estacionados, me ví saliendo del caminito que costeaba la vía, con mi bici roja, pasando por la casa de Viviana B. a ver si la cruzaba en algún momento, y pudiera vencer mi silencio.
Norma estaba allí en el quiosco, medio borracha, escapando del tedio, desafiando a la muerte, hasta que perdió.

Doblé a la izquierda rumbo a Independencia. Temblando, sin entender.

Los (malos) escritores, escribimos, en primera instancia, para nosotros mismos.

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2 comentarios to “Los fantasmas de la calle Castelli”

  1. La verdad que buen viaje, me senti caminar por la calle castelli, esa misma que esta en la esquina de mi casa, por la que transite desde chico… a carapa lo llevo en mi corazón, es mi lugar dede que naci, cuantas cosas se me vinieron a la cabeza, tenes Javi una facilidad para transortarnos con las palabras a los lugares de una manera maravillosa… yo no iba en moto, caminaba por la calle Castelli y en varios lugares me detenia como en la peluqueria (hoy de pilo el hijo de pepe), en lo del “gordo” hoy atendido por la esposa, en el Güemes hoy Instituto Modelo Carapachay, y en el Drysdale! si he ido con la toalla al hombro en los veranos! Gracias Javi… UN GRAN ABRAZO!

  2. Excelente… Muy emotivo y melancólico, sobretodo para alguien que vivió toda su vida en Carapa, se fue por unos añitos y ahora está de regreso, aunque temporariamente.
    Tendrías que hacer una segunda parte, con otras paradas… La librería Las Palmas, Don Juan en el quiosco de la estación, los ladrillos por los que podíamos ver la pileta del club… y tantos otros lugarcitos que guardamos en la memoria los que tenemos a Carapachay en el corazón.
    Besos
    K.

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